LES IMMORTELS

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Économie

El bloqueo levantado: cómo Washington abre los puertos de Irán y reescribe el guion de la geopolítica energética

El acuerdo entre Estados Unidos e Irán que reabre el Estrecho de Ormuz no es un triunfo diplomático ingenuo, sino un cálculo despiadado sobre quién controla los flujos de mercancías y, con ellos, la acumulación de capital mundial.

La reapertura del Estrecho no es una victoria iraní sino una readmisión condicional al sistema capitalista mundial, donde los términos del intercambio permanecen bajo control occidental.

Levantamos el bloqueo, declararon los norteamericanos con el tono de quien otorga una gracia. Pero observemos lo que sucede realmente bajo esta pantomima de negociación: un imperio que reconoce que mantener cerrado uno de los pasos vitales del comercio marítimo —por el que transita el 21% del petróleo mundial— resulta finalmente más costoso para su propia burguesía que permitir el flujo. No se trata de pacifismo ni de pragmatismo iluminado. Es el cinismo frío de quien, después de constatar que la coerción económica erosiona sus propias ganancias, cambia de táctica. Washington no cede; reposiciona su dominio.

El verdadero drama económico yace en lo que Macron llama delicadamente «negociaciones difíciles» durante sesenta días. Irán, asfixiado por las sanciones que transforman sus puertos en cementerios de mercancías, negocia desde una posición de debilidad estructural. Sí, Teherán proclama sentirse fortalecido. Es el lenguaje obligado de quien firma bajo presión. Lo que importa es esto: la reapertura del Estrecho no es una victoria iraní sino una readmisión condicional al sistema capitalista mundial, donde los términos del intercambio —los precios del petróleo, el acceso al crédito, la tecnología— permanecen bajo control occidental. El bloqueo se levanta, pero la dependencia persiste, simplemente reconfigurada.

Entretanto, en Francia —ese pequeño socio comercial que anuncia su ayuda técnica para reabrirla vía marítima— se observa la estructura real: las potencias industriales occidentales necesitan que circule el petróleo para alimentar sus máquinas y sus ganancias. No hay solidaridad, solo interdependencia del capital. La canicula que azota el continente, los sistemas colapsados por el calor, los puertos paralizados: estos desastres ecológicos no detienen la máquina. Solo aceleran la búsqueda de nuevas fuentes de energía y nuevas rutas de extracción. El acuerdo con Irán es, en última instancia, un arreglo de mantenimiento del sistema: asegurar que la sangre del petróleo siga circulando por las arterias de la acumulación.

Lo que se juega no es la paz, sino la redistribución del saqueo. Sesenta días para negociar significa sesenta días para que Washington, Teherán y sus respectivos aparatos de poder determinen quién se lleva qué porción del botín. Los puertos reabiertos, los tanqueros que zarpan, las transacciones que se reactivan: todo ello genera plusvalía, movimiento de mercancías, renovación de ciclos de inversión. Para el trabajador iraní, para el marinero que navega el Estrecho, para el campesino que sufre la sequía provocada por la extracción de este mismo petróleo, el acuerdo es indiferente. Su vida no cambia; solo cambian los dueños del capital que lo explota.

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