El precio de la indiferencia ante el clima: cuando la naturaleza nos grita y nosotros miramos hacia otro lado
Mientras Europa arde bajo olas de calor cada vez más intensas, seguimos discutiendo si cerrar las escuelas. La verdad es más terrible: hemos normalizado el caos climático como si fuera un simple inconveniente veraniego.
Conocemos las causas; disponemos de soluciones. Lo que nos falta es la voluntad de romper con los intereses establecidos.
Extendida, durable, intensa: así describen los meteorólogos la nueva ola de calor que devora Francia. Palabras que elevan la voz, que gritan, que imploran que miremos. Y sin embargo, mientras el termómetro sube implacablemente, nuestras instituciones se pregunta con aire de burocratización si conviene cerrar o no las escuelas. ¿Es esta nuestra respuesta ante la furia creciente de los elementos? ¿Una consulta administrativa, una nota de circulares? Vemos aquí toda la mediocridad de nuestra época: transformar en cuestión de gestión lo que debería ser una alarma existencial.
Los números hablan con una crueldad que no admite réplica: las olas de calor son cada vez más frecuentes, cada vez más intensas, cada vez más prolongadas. No es especulación, no es profecía de agoreros: es el registro observable, el hecho científico arrojado a nuestra cara semana tras semana. Y lo que observamos es la aceleración de un fenómeno que hace apenas una década parecía lejano, casi teórico. Hoy es nuestro verano. Mañana será nuestro invierno también.
Lo más irritante, lo que enciende la indignación en quien contempla esta lenta capitulación, es que sabemos exactamente cuál es el origen. No hay misterio, no hay ambigüedad científica que justifique la parálisis política. Conocemos las causas; disponemos de soluciones. Lo que nos falta es la voluntad de romper con los intereses establecidos, de enfrentar a quienes lucran con la inercia del sistema. Preferimos debatir si las escuelas deben cerrarse a dos grados más que preguntarnos cómo hemos permitido que la atmósfera misma se vuelva contra nosotros.
Hay un momento en que la acumulación de pequeñas rendiciones deviene catástrofe. Ese momento es ahora. Cada «no sabemos si será grave», cada dilación en las decisiones, cada comisión que estudia lo ya estudiado, añade un ladrillo más a la pared que construimos entre nosotros y el futuro habitable. Los niños que entran en esas escuelas cuya apertura o cierre debatimos heredarán un mundo que nosotros tuvimos el conocimiento y la capacidad de proteger. La pregunta que deberíamos formularnos no es administrativa: es moral.