El Estrecho de Ormuz: cuando la paz devuelve sus interrogantes a la guerra
El acuerdo entre Estados Unidos e Irán reabre una vía comercial crucial, pero expone la fragilidad de un orden internacional que ignora las causas profundas de los conflictos.
No es simplemente abrir un estrecho: es preguntarse por qué fue necesario cerrarlo; por qué dos potencias con intereses vitales comunes se vieron abocadas a este punto de ruptura.
Hace apenas unos días, los barcos volvieron a navegar por el Estrecho de Ormuz. Washington levantó su bloqueo, Teherán abrió sus puertos, y el mundo exhaló con alivio. Treinta y cinco millones de barriles de petróleo diarios fluirán nuevamente por estas aguas que, durante meses, fueron teatro de una tensión que amenazaba con estrangular la economía global. El acuerdo es real, verificable en sus términos económicos. Pero hay algo en esta resolución que perfora la piel de las cosas: nos devuelve, de golpe, todas las preguntas que la guerra no respondió.
Pues no se trata simplemente de abrir un estrecho. Es preguntarse por qué fue necesario cerrarlo; por qué dos potencias que comparten intereses vitales se vieron abocadas a este punto de ruptura. El Medio Oriente no es una región donde los conflictos nacen de malentendidos diplomáticos: encarnan rivalidades de Estado profundas, competencias por la hegemonía regional, visiones irreconciliables del futuro. Un cese al fuego no disuelve estas antagonismos. Los deja en suspenso. Y en suspenso, permanecen intactos, aguardando la próxima ocasión para resurgir.
Lo que observo en este acuerdo es algo que caracteriza al mundo contemporáneo: nuestra incapacidad de construir estructuras de paz que vayan más allá de la gestión de crisis. Manejamos síntomas. Controlamos el fuego. Pero la enfermedad persiste. Emanuel Macron lo intuye cuando, cautelosamente, sugiere que «la guerra no está totalmente terminada». Tiene razón. No lo está porque ninguna guerra termina verdaderamente mientras sus causas persisten. Y en el Oriente Medio, esas causas son sistémicas: la competencia por recursos, la legitimidad política de regímenes cuestionados, la búsqueda de influencia en un espacio donde Occidente ya no ejerce el monopolio que antaño le permitía imponer un orden según su voluntad.
¿Qué nos enseña esto sobre el estado del mundo? Que hemos entrado en una era de treguas frágiles administradas por potencias exhaustas. Ni Washington puede permitirse otra guerra larga; ni Teherán desea ver sus puertos cerrados indefinidamente. Ambos tienen razones para respirar. Pero en los sesenta días de negociaciones que siguen, se jugará algo más importante que la reapertura de un estrecho: se decidirá si somos capaces de pensar un futuro común o si condenamos al Oriente Medio a un ciclo eterno de armisticios y reanudaciones. La historia sugiere que, sin visiones compartidas sobre la legitimidad y el futuro, los treguas son tan solo respiros entre actos de una tragedia que conocemos demasiado bien.