LES IMMORTELS

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Politique

Irán y Estados Unidos: el alto el fuego en Oriente Medio y la ilusión frágil de la paz

El acuerdo entre Washington y Teherán reabre el Estrecho de Ormuz y suspende las hostilidades, pero deja pendientes las cuestiones más profundas que alimentaron el conflicto.

Un cese del fuego no es una paz; una paz verdadera exigiría que nos interrogáramos sobre las raíces mismas del conflicto.

Cuando dos potencias que se han enfrentado durante decenios deponen las armas, aunque sea temporalmente, toda conciencia política debe detenerse en ese instante. El acuerdo alcanzado entre los Estados Unidos e Irán para extender el alto el fuego y reapertura del Estrecho de Ormuz representa algo que parecía imposible hace apenas semanas: la capacidad de la razón para imponerse al espíritu guerrero. Que Francia se ofrezca para ayudar técnicamente en esta reapertura del paso marítimo vital muestra también que Europa no ha renunciado a su papel de mediadora entre los extremismos.

Pero conviene no dejarse seducir por la ilusión del momento. El verdadero precio de una guerra no se mide únicamente en días de tregua ganados, sino en las vidas destrozadas, en los pueblos arrasados, en los niños cuyo futuro ha sido robado. Mientras se negocia en los salones diplomáticos, un niño de siete años llamado Abdiqadir yace en una cama de hospital, amenazado por la parálisis a causa de un ataque aéreo estadounidense. ¿Cuántos Abdiqadir más permanecen olvidados en los márgenes de estos grandes acuerdos? Las negociaciones tienen sesenta días por delante: ese plazo debe servir para preguntarse no solo cómo mantener abiertos los puertos, sino cómo reparar el daño infligido a los más humildes.

Lo más difícil, como dicen con razón los analistas, está aún por venir. Un cese del fuego no es una paz. Una paz verdadera exigiría que nos interrogáramos sobre las raíces mismas del conflicto: los intereses que lo alimentan, los arsenales que lo sostienen, la sed de dominación que lo justifica. Irán declara sentirse más fuerte tras este acuerdo; Estados Unidos cree haber contenido una amenaza. Ambos pueden tener razón según su lógica de poder. Pero la verdadera fuerza no reside en los puertos controlados ni en los bloqueos levantados: reside en la capacidad de construir juntos, en el comercio que enriquece a ambas partes, en el respeto mutuo que sustituye a la desconfianza.

Francia, como potencia que aún cree en la diplomacia, debe mantener esta llama encendida durante esos sesenta días decisivos. No se trata de ingenuidad, sino de lucidez: el costo de la guerra es demasiado alto para la humanidad entera. Cada día de tregua es una victoria de la inteligencia sobre la barbarie. Pero cada día también nos recuerda que mientras millones sufren hambre, sed y miedo en las regiones en conflicto, ningún acuerdo entre capitales será completo si no coloca en su centro la dignidad del pueblo, la reparación de sus heridas, la promesa de que nunca más serán tratados como peones en un juego de grandes potencias.

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