LES IMMORTELS

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La tribune du jour

El teatro de las negociaciones: cuando los acuerdos son solo el acto primero

En un mundo donde los conflictos se multiplican y los acuerdos se suceden, conviene preguntarse si hemos confundido la firma de un tratado con la resolución de un problema.

Celebramos la suspensión temporal de la violencia como si fuese la paz misma, cuando lo que hemos hecho es tan sólo aplazar el conflicto con una ceremonia diplomática

Observo con cierta ironía cómo nuestras democracias celebran los acuerdos como si fueran victorias definitivas. Un alto el fuego aquí, unas negociaciones allá, una reapertura de puertos más allá—y todos nos creemos que hemos resuelto algo fundamental. Pero la historia, esa maestra implacable, nos enseña que entre la firma de un papel y la paz verdadera media un abismo que ninguna ceremonia diplomática logra colmar. Los estadounidenses y los iraníes acaban de acordar extender el cese de fuego en el Medio Oriente; los dirigentes europeos declaran que «lo difícil comienza ahora», en los próximos sesenta días de negociaciones. Exactamente. Como si dijesen: hemos acordado que intentaremos acordar. Es el teatro de nuestro tiempo: confundir el acto con la resolución.

Lo inquietante no es que los conflictos persistan—esto es lamentablemente humano—sino que hayamos llegado a un punto en el que celebramos la suspensión temporal de la violencia como si fuese la paz misma. Mientras tanto, un niño somalí de siete años pierde su capacidad de caminar por falta de seiscientos cincuenta dólares; en Sierra Leona, una primera dama se niega a condenar prácticas que causan sufrimiento porque reclama «datos fiables»; en varios rincones del planeta, hombres con armas continúan desplegando su furia contra los desarmados. Y nosotros, los bien alimentados, los que escribimos en despachos climatizados, redactamos sobre los «próximos pasos» como si el tiempo fuera infinito y el sufrimiento ajeno una mera estadística que espera su turno en las negociaciones.

Hay algo profundamente revelador en esta obsesión por los acuerdos sin sustancia. Nos tranquiliza creer que hemos hecho algo, que hemos «avanzado». Firmamos, anunciamos, celebramos. Pero ¿qué celebramos realmente? ¿La promesa de que dentro de sesenta días hablaremos de nuevo? Mientras tanto, la canícula golpea Francia con «una ola de calor extendida, duradera e intensa»—y en algunos lugares aún se debate si cerrar las escuelas, como si la evidencia científica requiriese consenso democrático para ser verdadera. En otros frentes, drones atacan refinerías de petróleo, hombres trafican con cuernos de rinoceronte, y nosotros seguimos esperando que los «negociadores» resuelvan lo que debió resolverse hace años.

Tal vez sea hora de abandonar esta ilusión reconfortante. Los acuerdos son útiles, sí, pero solamente si vienen acompañados de voluntad real, de recursos efectivos, de rendición de cuentas. De lo contrario, no son más que un aplazamiento elegante del conflicto, un paréntesis en el que todos podemos fingir que el mundo marcha hacia algún lado. La verdadera pregunta no es si se firmarán nuevos tratados en los próximos sesenta días, sino si alguien está dispuesto a hacer lo verdaderamente difícil: cambiar las estructuras que generan estas tragedias. Mientras esperamos la respuesta, la canícula continúa, los niños siguen sufriendo, y nosotros seguimos celebrando acuerdos que no resuelven nada, salvo nuestra propia conciencia.

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